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El amor de Dios correctamente entendido

“Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia” (Jer. 31:3).

Hemos visto en el libro de Jeremías que el amor de Dios para su pueblo era un amor celoso y fuerte. No admitía la idolatría o la doble vida. No permitía la observación de ritos en el templo y el culto a la Reina del Cielo en casa. No pasaba por alto la injusticia social. No toleraba el abandono de su pueblo, su infidelidad, su corazón dividido, o su falta de amor para Él. Hemos visto que “El Señor al que ama disciplina” (Heb. 12:6), y que “El juicio comienza por la casa de Dios” (1 Ped. 4:17). La sangre de este pueblo corría por las calles de Jerusalén y sus cadáveres yacían tendidos en el polvo sin enterrar por la multitud de sus pecados. El amor de Dios consistía en no exterminarlos por completo, sino en dejar un remanente que él iba a purificar, hacer prosperar y multiplicar en Babilonia: “Así ha dicho Jehová: El pueblo que escapó de la espada halló gracia en el desierto, cuando Israel iba en busca de reposo”. Nada más  salir de la ciudad, el pueblo diezmado, derrotado y encadenado, se encontraron en el desierto camino a Babilonia, y allí mismo Dios empezó a mostrarles misericordia y a tratarles con compasión a este remanente, “sus cautivos”.

Corren muchos malentendidos hoy día acerca del amor de Dios en cuanto a cómo se manifiesta y cómo debe manifestarse en sus hijos. Se hace una caricatura de este amor que no se corresponde con la revelación bíblica. Se piensa:

·       Que el amor no confronta. Que se calla y soporta todo sin denunciar el pecado, sin corregir, sin decir nada que la otra persona no quiere oír.

·       Que el amor de Dios es algo sentimental, bonito, que nos da buenas vibraciones. (Nuestra música refleja este concepto equivocado.)

·       Que la disciplina de parte de Dios ya no existe, que en la iglesia no debe haber disciplina de parte de la misma, que en el hogar los padres no deben disciplinar a sus hijos sino consentirlos y servirlos.

·       Que el amor no dice la verdad. Esto sería muy doloroso y debemos tolerar lo que sea sin abrir la boca.

·       Que la disciplina de Dios no puede llegar al extremo de provocar la enfermedad y la muerte.  

·       Que, debido a su gran amor, Dios siempre perdona el pecado. (La verdad es que si no hay arrepentimiento y rectificación, no hay perdón. Puede venir una disciplina fuerte para llevar la persona al arrepentimiento, como pasó en el caso de Israel.)

·       Que el amor de Dios es permisivo y comprensivo. Comprende que no somos perfectos y no exige un comportamiento correcto de los que profesan fe en Él. No importa lo que hacemos, siempre seremos salvos.

·       Que siempre que asistimos la iglesia, estamos bien. Dios no pide más.

·       Que incluso, si no asistimos a la iglesia, no pasa nada, porque creemos en nuestro corazón, y esto es lo que cuenta.

·       Que si yo sirvo a Dios, todo me va a ir bien. Voy a prosperar y seré aceptada y respetada.

La vida de Jeremías es un ejemplo de una vida piadosa. “Todos lo que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (2 Tim. 3:12).  

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