¿HOMICIDAS O RESTAURADORES?

Vivimos rodeados de contradicciones. Son tiempos confusos. Podemos palpar en el ambiente que nos rodea, niveles de agresividad y tensión que están como hirviendo a baja temperatura esperando el momento para dar salida a toda esa ebullición de sentimientos. Cargamos con ella donde quiera que vamos: al trabajo, al hogar… Al mismo tiempo, esta misma sociedad, hoy más que nunca propugna la solidaridad como bandera y empatiza con el sufrimiento ajeno más que nunca aunque solo sea a niveles superficiales. ¿Cuál es la fuente de tal contradicción? ¿Cómo se puede estar dispuesto a “quitar la vida” del otro y al mismo tiempo querer ser solidario y justo?

Caín fue otra “víctima” de estos impulsos. Su problema al igual que sucede con nosotros no fue el pecado en sí mismo, sino el no saber cómo tratar con el Pecado: “Si hicieras lo bueno, podrías levantar la cara; pero como no lo haces, el pecado está esperando el momento de dominarte. Sin embargo, tú puedes dominarlo a él” (DHH). Estas palabras suenan a sentencia de la boca de Dios.

Hay una historia, de Jesús curando a un hombre que tenía la mano seca. Los líderes religiosos de aquel tiempo no están de acuerdo en que Jesús, para curar al enfermo tenga que romper una de sus reglas: el Sabath.

Así que Jesús les pregunta: “¿Qué está permitido hacer en sábado: el bien o el mal? ¿Salvar una vida o destruirla?” (Marcos 3:4). A lo que ellos respondieron con un revelador silencio. Callaron porque no tenían nada que decir. La pregunta de Jesús apunta al centro de la insensibilidad de sus corazones. El problema no es el pecado (lo que está bien o mal); sino la interpretación que están haciendo del pecado (porque para ellos es más importante guardar la norma religiosa que evitar el sufrimiento del hombre) y con ello están consiguiendo convertir un acto de misericordia, en un pecado religioso. Cuántas veces justificamos nuestros actos y convertimos el mal en bien y el bien en mal.

Continúa el pasaje diciendo que entonces Jesús los miró con enojo, con indignación, con furia… Sí, Jesús se enfurece. Pero a diferencia de Caín esta furia no procedía de la frustración de ver su voluntad y sus deseos frenados, sino del sentimiento de hacer justicia a alguien que sufre. No es una furia agresiva que conduce a matar como la de Caín, sino un sentimiento de enojo que lejos de llevarle a cometer pecado le lleva a cometer un acto de sanidad y de restauración. Su furia aumenta la paz en el mundo. Mejora las cosas.

Por tanto la pregunta es ¿Qué es lo que consigue enfurecernos? ¿Son pequeñas zorras que alborotan nuestro ser y culminan en este espíritu homicida de Caín? ¿Consigue tu enojo hacer de este mundo un lugar mejor? Porque tu enojo siempre te llevará a algo. Después de todo puede que Dios esté usando tu enojo para llamar tu atención sobre lo que puedes y DEBES cambiar.

Julio Mengual

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