JESÚS, EL DÍA QUE DUDE DE LA EXISTENCIA DE DIOS

Zaqueo, baja en seguida, porque es preciso que hoy me hospede en tu casa. Zaqueo bajó a toda prisa, y lleno de alegría recibió en su casa a Jesús. Al ver esto, todos se pusieron a murmurar diciendo: Este se aloja en casa de un hombre de mala reputación. (Lucas 19:6-7)
 
 
Una de las cosas que uno va ganando con el paso del tiempo es autoconocimiento. Conforme los años pasan y, siempre que uno sea honesto consigo mismo, uno sabe mejor quién es, cómo siente y piensa, cuáles son sus fortalezas y sus debilidades. Se aprende que hay cosas que tal vez nunca cambiarán y que, tal y como le sucedió al apóstol Pablo, uno tendrá que aprender a vivir con ellas y verlas como instrumentos para experimentar la gracia de Dios en su vida. Uno se mira en el espejo y ve reflejada su realidad como ser humano y seguidor de Jesús y el resultado no es precisamente agradable y alentador. Cierto que si uno se compara con otros el impacto se ve atenuado pero no deja de ser el mal de muchos consuelo de tontos. Uno no está donde debería, donde quisiera estar.
Estos encuentros con su propia realidad le llevan a uno a la reflexión sobre sí mismo, el mundo y Dios. Reconocer y aceptar mi realidad como ser humano y seguidor del Maestro me hizo plantearme qué sentido tenía que el Dios que creó, mantiene y sustenta todo el universo quiera tener la más mínima relación con alguien como yo, que ni da ni nunca dará la talla; ni está ni estará a la altura de las expectativas de ese Dios. La relación de amistad de Dios con Félix Ortiz carece del más mínimo sentido y lógica; es incomprensible, irracional, absurda y, por tanto, no puede ser cierta. Consecuentemente Dios no debe existir y todo lo relacionado con la fe no deja de ser una mera construcción humana para crearnos la ilusión de que somos importantes y significativos para alguien en el universo pero, a todas luces, irracional y carente de sentido. Para alguien que ha seguido a Jesús durante años y años es tremendo abrir la puerta a la duda y la inseguridad, al admitir que todo lo que uno ha creído puede ser un absurdo carente de sentido.
Estas reflexiones vinieron a mi mente justo cuando estaba leyendo el libro de Brennan Manning “El evangelio de los andrajosos”. Su lectura me llevó a pensar que todo mi proceso de duda era nada más y nada menos que una manifestación de mi orgullo intelectual y personal. Era demasiado fuerte para mí el aceptar que era amado, aceptado, tratado como hijo no debido a lo que era sino más bien a pesar de esa realidad que el espejo reflejaba. Mi orgullo personal exigía que hubiera en mí un mínimo de coherencia, santidad, madurez, logros que me hicieran digno de recibir aunque fuera algunas migajas del amor del Dios que sustenta todo el universo. Me costaba aceptar que la gracia es escandalosa y total y absoluta locura. La gracia única y exclusivamente se puede aceptar con plena humildad como un regalo escandaloso y loco. Y tiene que ser así porque si hubiera algo en mí que mi hiciera merecedor o digno ya no sería gracia. Fue todo un choque reconocer que mis dudas sobre la existencia de Dios provenían de mi orgullo y altivez, de mi negación a reconocer mi realidad y asumir que podía ser amado en la misma.
Y aquí es donde encaja la historia de Zaqueo. Porque como él, soy un hombre de mala reputación, el último de la fila con quien merecería la pena que Dios tuviera una relación de amistad. Sin embargo, como a aquel recaudador de impuestos, a mí me ha sido concedido el absurdo, loco y escandaloso privilegio de que more en mi casa.
Jesús quiere también morar en tu casa, no por lo que eres, sino a pesar de todo lo que eres. 
Por Félix Ortiz, pastor de la IEB Bona Nova

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