JESUS Y LAS MUJERES

La mujer le dice: — Yo sé que el Mesías (es decir, el Cristo) está por llegar; cuando venga nos lo enseñará todo. Jesús, entonces, le manifiesta: — El Mesías soy yo, el mismo que está hablando contigo. (Juan 4:25-26)
Ha existido durante siglos la perspectiva de interpretar el cristianismo a través de los ojos del apóstol Pablo. No es de extrañar que haya pensadores que afirmen que él fue el auténtico inventor de la fe cristiana. Fruto de esa manera de visualizar la fe ha sido el tratamiento que el papel de la mujer ha tenido y continua teniendo en muchas confesiones y denominaciones cristianas. “La mujer calle en la congregación”, una única y simple frase del apóstol, apoyada por unos cuantos versículos aquí y allá, ha generado doctrina acerca de un lugar secundario de la mitad de la humanidad en la comunidad de fe. Mi propuesta no es para nada novedosa. Se trata de interpretar a Pablo a través de Jesús en vez del tan extendido hábito de hacer lo contrario. Es el Maestro -centro de la historia y de nuestra fe- quien da sentido y perspectiva tanto al Nuevo como al Antiguo Testamento. Ambas partes de la Escritura apuntan hacia Él y de Él recogen y obtienen su significado. Consecuentemente, cuando haya una aparente disensión entre Jesús y la enseñanza de cualquier otro libro o personaje de la Biblia deberemos mirar siempre al Maestro para obtener la interpretación y el sentido correcto.
Veamos pues cómo Jesús se relacionó con las mujeres. En su tiempo eran perpetuas menores de edad. Siempre debían estar bajo la autoridad de un varón, fuera el padre, el esposo o los hijos. Sin duda, habría excepciones notorias. Mujeres que debido a su carácter y personalidad brillaban con luz propia. Sin embargo, estamos hablando de excepciones y no de la regla habitual. Las mujeres no tenían el derecho a ser instruidas en el conocimiento de la ley. Además su testimonio carecía de todo valor en una situación legal. Jesús nunca consideró a las mujeres como personas de segunda categoría o menor valor. El pasaje que he reproducido es enormemente significativo. Una mujer, además samaritana, además de dudosa reputación, fue a la primera persona a la que Jesús abiertamente le reveló que era el Mesías esperado. Interesante que no fue un judío ni un hombre el depositario de semejante noticia. Lucas nos indica que había un nutrido grupo de mujeres entre sus discípulos. Personas que eran instruidas en los misterios del Reino del mismo modo que lo eran los doce. Sólo si proyectamos nuestras imágenes contemporáneas sobre ese pasaje podemos pensar que ellas se dedicaban a preparar la comida y lavar la ropa. Finalmente, quiero mencionar que María, la de Magdala, fue la primera persona a quien se le apareció el Cristo resucitado. Pero aún más significativo e importante, fue ella quien recibió el encargo de ser testigo de la resurrección a aquellos que debían ser testigos de la misma al resto del pueblo. Jesús no era un ignorante del nulo valor del testimonio de una mujer, creo que fue totalmente intencional al hacerlo para resaltar su valor y dignidad. Creerla a ella era creerle a Él.
Vale la pena que permitamos que Jesús eche luz sobre nuestra comprensión de la dignidad, valor y rol de la mujer en la comunidad de fe.
Jesús, con su manera de tratar a las mujeres, nos enseña que no hay grupos humanos de primera o segunda categoría. ¿Cuáles son los colectivos hacia los que puede ser que sientas aversión, sea por razones políticas, religiosas, éticas, culturales, etc.? ¿Qué te enseña el Maestro sobre cómo tratarlos?
Por Félix Ortiz, pastor de la IEB Bona Nova

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