Cheung estaba enojado con su esposa por no haber verificado cómo llegar al restaurante donde querían cenar. La familia había planeado culminar sus vacaciones en Japón con una comida deliciosa antes de subir al avión. Ahora, ya era tarde y se perderían la cena. Frustrado, Cheung criticó a su esposa por su falta de planificación.

Más tarde, lamentó sus palabras. Había sido demasiado duro, y se dio cuenta de que no le había dado gracias a su esposa por los otros siete días tan bien organizados.

Muchos podemos identificarnos con Cheung. Nos vemos tentados a explotar cuando nos enojamos. Tenemos que orar como hizo el salmista: «Pon guarda a mi boca, oh Señor; guarda la puerta de mis labios» (Salmo 141:3).

Pero ¿cómo podemos hacerlo? Aquí tienes una ayuda: piensa antes de hablar. ¿Tus palabras son buenas y útiles, cordiales y agradables? (Ver Efesios 4:29-32).

Para poner guarda a nuestra boca, es necesario que la mantengamos cerrada cuando estamos irritados y que busquemos la ayuda del Señor para decir las palabras correctas con el tono adecuado o, quizá, para callar. Controlar nuestras palabras es una labor de toda la vida. Pero, gracias a Dios, Él nos ayuda y produce en nosotros «el querer como el hacer, por su buena voluntad» (Filipenses 2:13).