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SALMO 42: SEDIENTO

Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, Así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios? (Salmo 42:1-2)
 
 
La sed es, a menudo, usada en las Escrituras para hablar de las necesidades más profundas del ser humano. Al leer las palabras de este salmo han venido rápidamente a mi mente las palabras de Jesús refiriéndose a sí mismo como el agua de vida; hablando de que únicamente Él puede satisfacer esa sed que todos nosotros tenemos de propósito, sentido y significado. Los estudiosos de la personalidad humana han hablado extensamente de esta necesidad humana de encontrarle sentido a la vida. A mi mente vienen nombres como Viktor Frankl o Abraham Maslow que desarrollan magistralmente esa prioridad de todo hombre o mujer.
Pero la pregunta punzante del salmo ha sido ¿Dónde calmo yo mi sed? El salmista es claro y explícito al indicar cómo su alma tiene necesidad del Dios vivo; cómo busca saciar esa prioritaria búsqueda de sentido, propósito y significado en el Señor. ¿Y yo? ¿Dónde busco saciar mi sed? ¿En qué fuentes bebo convencido de que satisfarán esa profunda necesidad? ¿Me está pasando, cómo afirmó Jesús, que estoy bebiendo en fuentes que me saciarán temporalmente pero que volverán a generar sed en mí? Pienso que este salmo es una abierta invitación a todo seguidor de Jesús a detenerse y pensar en la forma en que está tratando de satisfacer esa necesidad más profunda y arraigada de sentido, propósito y significado. La sed hay que calmarla, de eso no hay ninguna duda, la pregunta es dónde lo estamos haciendo.
¿Dónde estás saciando tu sed? ¿Qué resultados estás obteniendo?
Por Félix Ortiz, pastor de la IEB Bona Nova

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