Mientras crecía, César no conocía mucho lo que significaba tener una familia. Su madre había muerto y su padre casi no estaba en casa. A menudo, se sentía solo y abandonado. Sin embargo, una pareja vecina se le acercó. Lo acogieron en su casa e hicieron que sus hijos fueran como «hermanos mayores» para él, lo que le dio la seguridad de que era amado. También lo llevaron a la iglesia, donde César, ahora un muchacho seguro de sí mismo, es líder de jóvenes.
Pocos en la iglesia saben del papel clave que esta pareja tuvo en cambiar la vida de un joven, pero Dios sí lo sabe, y estoy segura de que un día recompensará su fidelidad, como la de los integrantes del «Salón de la fama» de la Biblia en Hebreos 11. La lista comienza con grandes personajes de las Escrituras, pero continúa hablando de muchos otros que tal vez nunca conozcamos, pero que «alcanzaron buen testimonio mediante la fe» (v. 39). Y el escritor agrega: «de los cuales el mundo no era digno» (v. 38).
Aunque nuestras obras de bondad pasen inadvertidas por otras personas, Dios las ve y las conoce. Tal vez nos parezca que son cosas pequeñas —un acto bondadoso o una palabra alentadora—, pero Él puede usarlas para glorificar su nombre, a su tiempo y manera. Él sí lo sabe, aunque otros no.


