Esperaba ocho bananas, pero cuando abrí las bolsas que entregaron en casa del supermercado, ¡había veinte! Enseguida me di cuenta de que mudarme a Inglaterra también significaba pasar de libras a kilogramos… En lugar de tres libras, pedí tres kilos (¡casi siete libras!) de bananas.
Con semejante abundancia, hice varias tandas de una receta de pan de banana para compartir con otros. Mientras machacaba la fruta, comencé a pensar en las otras áreas de mi vida en que experimenté una abundancia inesperada; y cada sendero me llevaba a Dios.
Al parecer, Pablo también reflexionó en la abundancia de Dios en su vida. Al escribirle a Timoteo, se detuvo para describir su vida antes de Jesús: «perseguidor e injuriador» (1 Timoteo 1:13); «el peor de los pecadores» (v. 16 nvi). Frente a su quebrantamiento, Dios derramó abundantemente sobre él gracia, fe y amor (v. 14). Después de rememorar toda la abundancia en su vida, no pudo evitar alabar a Dios, declarándolo digno de todo «honor y gloria por los siglos de los siglos» (v. 17).
Como Pablo, todos recibimos una sorprendente abundancia de gracia cuando aceptamos el ofrecimiento de Jesús de rescatarnos del pecado (v. 15). Al reflexionar en todas las bendiciones resultantes, unámonos al apóstol en gratitud y alabanza a nuestro Dios generoso.


