El aire olía a cuero y avena en el establo donde mi amiga Michelle le enseñaba a mi hija a cabalgar. El poni blanco abrió la boca mientras Michelle colocaba el freno detrás de sus dientes. Mientras extendía las riendas, explicó que el freno era importante porque permitía que el jinete frenara el caballo y lo hiciera girar hacia los costados.
El freno de un caballo, como la lengua humana, es pequeño pero importante. Ambos tienen gran influencia sobre algo grande y poderoso: el freno, en el caballo; la lengua, en nuestras palabras (Santiago 3:3, 5).
Nuestras palabras pueden correr en diferentes direcciones: «Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres» (v. 9). Por desgracia, la Biblia nos advierte que es muy difícil controlar lo que hablamos porque las palabras brotan de nuestro corazón (Lucas 6:45). Pero gracias a Dios, el Espíritu Santo, que mora en todo creyente, nos ayuda a desarrollar paciencia, bondad y dominio propio (Gálatas 5:22-23). Cuando cooperamos con el Espíritu, nuestro corazón cambia: los insultos se convierten en alabanza; la mentira, en verdad; la crítica, en ánimo.
Domar la lengua no se trata solo de entrenarnos para decir lo correcto. Es aceptar la guía del Espíritu para que nuestras palabras transmitan bondad y aliento a un mundo necesitado.


