Después de que una oficial me palpara, entré en la cárcel, firmé la planilla de las visitas y me senté en un salón lleno de gente. Oré en silencio mientras observaba a los adultos que se movían inquietos y suspiraban, y a los niños que se quejaban por la espera. Más de una hora después, un guardia armado llamó por nombre a algunas personas de la lista, incluida yo. Nos guio a otro cuarto e indicó que nos sentáramos. Cuando mi hijastro se sentó del otro lado de un vidrio grueso y tomó el teléfono, mi desesperación me abrumó. Pero mientras lloraba, Dios me aseguró que mi hijastro aún estaba a su alcance.
En el Salmo 139, David le dice a Dios: «tú me has examinado […], y todos mis caminos te son conocidos» (vv. 1-3). Su proclamación de un Dios omnisciente lo lleva a celebrar por su cuidado y protección íntima (v. 5). Maravillado ante la grandeza del conocimiento de Dios y la profundidad de su toque personal, David formula dos preguntas retóricas: «¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?» (v. 7).
Cuando nosotros o nuestros seres queridos estamos atascados en situaciones que nos dejan desesperados, la mano de Dios sigue firme y fuerte. Aun cuando pensamos que nos hemos alejado demasiado de su amor redentor, siempre estamos a su alcance.


