Daniel soportaba golpizas diarias del mismo guardia de la prisión. Sentía que Dios lo instaba a amar a ese hombre, así que una mañana, antes de que comenzara la paliza, dijo: «Señor, si lo voy a ver todo los días por el resto de mi vida, hagámonos amigos». El guardia respondió: «No, nunca seremos amigos». Daniel insistió, extendiendo la mano para estrechársela.
El guardia quedó helado. Empezó a temblar, y tomó la mano de Daniel y no la soltaba. Con lágrimas en su rostro, dijo: «Daniel, me llamo Rosoc. Me encantaría ser tu amigo». Desde ese día, nunca más lo golpeó.
Las Escrituras nos dicen: «Si el que te aborrece tuviere hambre, dale de comer pan, y si tuviere sed, dale de beber agua; porque ascuas amontonarás sobre su cabeza, y el Señor te lo pagará» (Proverbios 25:21-22). Esta imagen de las «ascuas» quizá refleje un ritual egipcio en el cual una persona culpable mostraba su arrepentimiento acarreando sobre su cabeza un recipiente con brasas ardientes. Del mismo modo, nuestra bondad puede hacer que nuestros enemigos se pongan colorados de vergüenza, lo cual puede llevarlos a arrepentirse.
¿Quién es tu enemigo? ¿Quién no te agrada? Daniel descubrió que la bondad de Cristo era lo suficientemente poderosa para cambiar cualquier corazón: el de su enemigo y el suyo.


