Mientras miraba cómo la multitud matutina iba metiéndose en el tren, sentí la depresión de los lunes. Al ver los rostros somnolientos y gruñones de la gente en aquella cabina atiborrada, era evidente que nadie tenía ganas de ir a trabajar. Aquí vamos, otro día rutinario en la oficina.
Entonces, pensé que, tan solo un año atrás, los trenes habían estado vacíos, ya que la cuarentena por COVID-19 había alterado nuestras rutinas. Ni siquiera podíamos salir a comer, y algunos incluso extrañábamos ir a la oficina. Pero ahora ya estábamos prácticamente de regreso a la normalidad, y muchos volvían a trabajar, como siempre. Entonces me di cuenta de algo: ¡la «rutina» era una buena noticia, y lo «aburrido» era una bendición!
El rey Salomón llegó a una conclusión similar después de reflexionar en la aparente futilidad del trabajo diario (Eclesiastés 2:17-23). Por momentos, parecía interminable, «absurdo» e ingrato (v. 21 NVI). Pero luego, se dio cuenta de que el solo hecho de poder comer, beber y trabajar cada día era una bendición de Dios (v. 24).
Cuando nos vemos privados de la rutina, podemos darnos cuenta de que estas sencillas acciones son un lujo. Demos gracias porque podemos comer, beber y hallar satisfacción en nuestro trabajo, ya que es un don de Dios (3:13).


