En 1917, una joven costurera se emocionó al ser admitida en una de las escuelas de diseño de moda más renombradas de Nueva York. Pero cuando Ann Cone llegó para inscribirse, el director le dijo que no era bienvenida. «Para ser franco, Srta. Cone, no sabíamos que era negra», dijo. No queriendo irse, susurró una oración: Por favor, permítame quedarme. Al ver su perseverancia, la dejó quedarse, pero la separó del aula solo para blancos, dejando la puerta trasera abierta «para que oyera».
Innegablemente talentosa, se graduó seis meses antes y atrajo a clientes de la alta sociedad, incluida a la exprimera dama de los Estados Unidos, Jacqueline Kennedy, a quien, con la ayuda de Dios para superar dificultades en su estudio de costura, le diseñó el vestido de bodas.
Una perseverancia así es poderosa; en especial, para orar. En la parábola de la viuda insistente, Jesús se refirió a una mujer que le rogó repetidamente por justicia a un juez corrupto. Al principio, este la rechazó, pero luego dijo: «porque esta viuda me es molesta, le haré justicia» (Lucas 18:5).
Con mucho más amor, «¿acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche?» (v. 7). Jesús dijo que lo hará (v. 8). Entonces, oremos con perseverancia y nunca nos rindamos. A su tiempo y manera, Dios responderá.


