Cumplir 18 años abrió paso a una nueva etapa en la vida de mi hija: ya era legalmente adulta y pronto se embarcaría en la vida tras graduarse de la escuela secundaria. Este cambio me produjo una sensación de urgencia, ya que tendría poco tiempo con ella bajo mi techo para impartirle la sabiduría que necesitaría para enfrentar el mundo sola: sus finanzas, la situación global y la toma de decisiones.
Mi sentido del deber de equipar a mi hija para manejar la vida era comprensible. Después de todo, la amaba y deseaba que prosperara. Pero me di cuenta de que, aunque yo tenía un papel importante, no era mi único papel; ni siquiera el primordial. Al escribirles a los tesalonicenses —un grupo de personas a las que Pablo consideraba sus hijos en la fe—, los instó a ayudarse unos a otros (1 Tesalonicenses 5:14-15), pero en definitiva, puso en las manos de Dios su crecimiento. Reconocía que Él los «[santificaría] por completo» (v. 23).
Pablo le confió a Dios lo que él no podía hacer: prepararlos en «espíritu, alma y cuerpo» para la futura venida de Jesús (v. 23). Aunque sus cartas contenían instrucciones, su confianza en Dios para el bienestar y la preparación de ellos nos enseña que el crecimiento de los que amamos está definitivamente en las manos de Dios (1 Corintios 3:6).


