Carlos se sentía desanimado mientras caminaba dificultosamente por el pasillo de las verduras. Con las manos temblorosas —los primeros signos de la enfermedad de Parkinson—, se preguntaba: ¿Cuándo comenzará a desaparecer esta calidad de vida? ¿Qué significará para mi esposa e hijos? Su pesimismo quedó destruido ante una risa. Junto a las patatas, un padre empujaba en una silla de ruedas a su sonriente hijo. El hombre se inclinó y le susurró algo a su hijo, que no podía dejar de reírse. Sin duda, su condición era peor que la de Carlos, y aun así, ambos encontraban alegría donde podían.
Mientras escribía desde su encarcelamiento, el apóstol Pablo parecía no tener ningún derecho a estar gozoso (Filipenses 1:12-13). Además de tener motivos para preocuparse frente a la violencia y crueldad de Nerón, también sabía que algunos predicadores estaban aprovechándose de su ausencia para obtener gloria personal y «añadir aflicción» (v. 16) al apóstol.
No obstante, Pablo decidió regocijarse (vv. 18-21), y les dijo a los filipenses que siguieran su ejemplo: «Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!» (4:4). Aunque nuestra situación parezca triste, Jesús está con nosotros y nos garantiza un futuro glorioso. Al comenzar este nuevo año, ¡alegrémonos!


