Me inundaron los recuerdos cuando revisaba unos sobres y vi una calcomanía que decía: «Me hicieron una prueba de visión». Evoqué a mi hijo de cuatro años llevando esa pegatina después de que le pusieran gotas para los ojos. Por una debilidad en los músculos oculares, tenía que usar un parche cuatro horas por día en el ojo sano, para obligar al débil a desarrollarse. También necesitó cirugía. Enfrentó un desafío tras otro, buscando consuelo en nosotros, sus padres, y dependiendo de Dios con la fe de un niño. Todo eso lo volvió resiliente.
Las pruebas y el sufrimiento suelen cambiar a las personas. Pero Pablo fue más allá y habló de «[gloriarse] en las tribulaciones» porque, con ellas, desarrollamos paciencia. Y la paciencia y la prueba producen finalmente esperanza (Romanos 5:3-4). Sin duda, el apóstol conocía las pruebas; no solo naufragios, sino también encarcelamiento por su fe. Sin embargo, les escribió a los creyentes de Roma que «la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado» (v. 5). Reconocía que el Espíritu de Dios mantiene viva nuestra esperanza cuando confiamos en Jesús.
Independientemente de la dificultad que encuentres, recuerda que Dios derramará su gracia y misericordia sobre ti.


