Mientras estábamos de vacaciones, mi esposa y yo disfrutamos de pasear en bicicleta. Un camino nos llevó por un vecindario lleno de casas de millones de dólares. Vimos diversas personas: residentes paseando a sus perros, otra gente andando en bicicleta, y muchos obreros y jardineros. Era una mezcla de personas de todos los ámbitos de la vida, y eso me recordó una realidad valiosa. Todos en aquella calle esa mañana éramos iguales. «El rico y el pobre se encuentran; a ambos los hizo el Señor» (Proverbios 22:2). Más allá de las diferencias, todos fuimos hechos a imagen de Dios (Génesis 1:27).
Sin embargo, hay más. Ser iguales ante Dios también significa que, más allá de cuál sea nuestra situación económica, social o étnica, todos nacimos con una misma condición de pecado: «por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23). Todos somos desobedientes e igualmente culpables ante Él, y necesitamos a Jesús.
A menudo, dividimos a la gente en grupos por diversas razones. Pero, en realidad, todos somos parte del género humano. Y aunque estamos todos en la misma situación —pecadores que necesitan un Salvador—, podemos ser «justificados gratuitamente» (puestos a cuentas con Dios) por su gracia (v. 24).


