El delincuente fue arrestado, y el detective le preguntó por qué había atacado descaradamente a alguien frente a tantos testigos. La respuesta fue asombrosa: «Sabía que no iban a hacer nada; nunca lo hacen». Este comentario describe lo que se llama «conocimiento culpable»: decidir ignorar un delito aunque uno sepa que se está cometiendo.
El apóstol Santiago habló de una clase similar de conocimiento culpable, al decir: «al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado» (Santiago 4:17).
Mediante la gran salvación que nos ha provisto, Dios nos diseñó para ser agentes del bien en el mundo. Efesios 2:10 afirma: «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas». Estas buenas obras no son la causa de nuestra salvación, sino el resultado de la transformación que el Espíritu Santo realiza en nosotros al venir a habitar en nuestro interior. El Espíritu nos da dones espirituales para equiparnos para llevar a cabo aquello para lo que Dios nos hizo nuevos (ver 1 Corintios 12:1-11).
Como obras de las manos de Dios, sometámonos a sus propósitos y al poder de su Espíritu para ser instrumentos de bien en un mundo que lo necesita desesperadamente.


