Cuenta la historia que, en la gira de conferencias de Albert Einstein, su chofer mencionó que había escuchado tantas veces su discurso que él mismo podía darlo. Einstein sugirió que cambiaran de lugar en la próxima universidad, y el chofer accedió. Cuando llegó el momento de preguntas y respuestas, alguien hizo una pregunta con agresividad, y el chofer respondió: «Me sorprende que haga una pregunta tan sencilla que incluso mi chofer puede responder». Entonces, este «chofer» —el mismísimo Albert Einstein— respondió la pregunta. Así termina esta historia divertida pero ficticia.
Los valientes amigos de Daniel estaban en un verdadero aprieto. El rey Nabucodonosor amenazó con arrojarlos a un horno de fuego si no adoraban a su ídolo. Les preguntó: «¿y qué dios será aquel que os libre de mis manos?» (Daniel 3:15). Los amigos se negaron a inclinarse, así que el rey calentó el horno y los arrojó allí.
Pero no fueron solos. Un «ángel» (v. 28), quizá el mismo Jesús, se les unió en medio de las llamas, los protegió y proveyó una respuesta innegable a la pregunta del rey (vv. 24-25). Nabucodonosor alabó al «Dios de ellos» y admitió: «no hay dios que pueda librar como este» (vv. 28-29).
A veces, podemos sentirnos sobrepasados. Pero Jesús acompaña a aquellos que lo sirven. Él nos llevará en sus brazos.


