Un hombre tenía más de 400 millones de dólares en bitcoins, pero no podía disponer ni de un centavo. Perdió la contraseña del módulo que almacenaba sus fondos, y después de diez intentos, el dispositivo se autodestruiría. Una fortuna perdida para siempre. Durante una década, el hombre había agonizado tratando desesperadamente de recordar aquella contraseña. Intentó ocho veces, y las ocho veces falló. En 2021, lamentó tener solo dos oportunidades más antes de que todo se hiciera humo.
Somos olvidadizos. A veces, olvidamos cosas pequeñas (como las llaves), y otras, enormes (como una contraseña que protege millones). Gracias a Dios que Él no es como nosotros. Nunca se olvida de las cosas o personas que ama. En épocas desesperantes, Israel temió que Dios se olvidara de ellos: «Me dejó el Señor, y […] se olvidó de mí» (Isaías 49:14). Sin embargo, el profeta les aseguró que Dios siempre se acuerda. Preguntó: «¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz?». Por supuesto que no. Aun así, aunque una madre cometiera semejante locura, sabemos que Dios nunca nos olvidará (v. 15).
El Señor dice: «en las palmas de las manos te tengo esculpida» (v. 16). Ha grabado nuestros nombres en su propio ser. Recordemos que no puede olvidarnos porque nos ama.


