Mi primer viaje misionero fue a la selva amazónica en Brasil para ayudar a construir una iglesia junto al río. Una tarde, visitamos una de las pocas casas de la zona que tenía filtro de agua. Cuando nuestro anfitrión vertió agua de pozo turbia en el aparato, a los pocos minutos se quitaron todas las impurezas y apareció el agua limpia y transparente. Allí, en la sala de aquel hombre, vi un reflejo de lo que significa ser limpiado por Cristo.
Cuando acudimos por primera vez a Jesús con nuestra culpa y vergüenza, y le pedimos que nos perdone y lo recibimos como Salvador, Él nos limpia de nuestro pecado y nos hace nuevos. Somos purificados como el agua turbia que se transformó en agua limpia y potable. Qué gozo es saber que estamos en una posición correcta con Dios por el sacrificio de Jesús (2 Corintios 5:21) y que Él aleja nuestros pecados como está el oriente del occidente (Salmo 103:12).
Pero el apóstol Juan nos recuerda que esto no significa que no volveremos a pecar nunca. Cuando lo hacemos, la imagen del agua filtrada puede darnos tranquilidad y consuelo al saber que «si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad» (1 Juan 1:9).
Vivamos confiados, sabiendo que somos continuamente limpiados por Cristo.


