Si alguna vez viajas a Middleton, en Wisconsin, Estados Unidos, tal vez quieras visitar el Museo Nacional de la Mostaza. Es un lugar asombroso, donde encontrarás 6.090 clases de mostaza de todo el mundo. Si vas a McLean, en Texas, te sorprenderás con el Museo del Alambre de Púas; y más aún, con la pasión por… las alambradas. Un escritor dice que hay cosas peores que pasar una tarde en el Museo de la Banana (aunque me permito disentir).
Puede causarnos risa, pero es importante admitir que mantenemos nuestros propios museos: lugares del corazón donde adoramos ídolos que nosotros mismos hemos fabricado. Dios nos instruye: «No tendrás dioses ajenos delante de mí» (Éxodo 20:3), y «no te inclinarás a [ellos], ni [los] honrarás» (v. 5). Pero igual lo hacemos, tallando nuestros propios dioses; quizá de la riqueza, las pasiones desenfrenadas o el éxito… o de algún otro «tesoro» que adoremos en secreto.
Es fácil leer este pasaje y no entender la idea. Sí, Dios nos considera responsables por los museos de pecado que creamos. Pero Él también dice que hace «misericordia a millares, a los que [lo] aman y guardan [sus] mandamientos» (v. 6). El Señor sabe cuán triviales son en realidad nuestros «museos», y que la satisfacción verdadera yace solo en nuestro amor a Él.


