No recuerdo un tiempo en que mi mamá Dorothy tuviera buena salud. Diabética durante años, el azúcar en su sangre era descontroladamente errática. Tuvo complicaciones y sus riñones afectados necesitaron diálisis permanente. Una neuropatía y huesos fracturados requirieron el uso de una silla de ruedas. Su vista comenzó a reducirse.
Pero a medida que su cuerpo fallaba, su vida de oración se volvía más vigorosa. Pasaba horas orando por otros para que conocieran y experimentaran el amor de Dios. Preciosas palabras de las Escrituras se tornaban más dulces para ella. Antes de que perdiera la vista, le escribió una carta a su hermana Marjorie, donde incluyó las palabras de 2 Corintios 4: «no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior […] se renueva de día en día» (v. 16).
Pablo sabía lo fácil que es «desmayar». En 2 Corintios 11, describe su vida de peligros, dolor y privaciones (vv. 23-29). Pero consideraba que esas «tribulaciones» eran temporarias, y nos alentaba a concentrarnos en lo que no se ve: lo eterno (4:17-18).
A pesar de lo que nos suceda, nuestro Padre amoroso sigue renovándonos interiormente cada día. Su presencia es segura, al igual que sus promesas de fortalecernos y darnos esperanza y gozo.


