Durante la pandemia de coronavirus, muchos perdieron a seres queridos. El 27 de noviembre de 2020, nuestra familia se unió a ese grupo cuando Bee Crowder, mi mamá de 95 años, murió; aunque no de COVID-19. Como tantas otras familias, no pudimos reunirnos para despedirla, honrar su vida o alentarnos unos a otros. Pero encontramos gran consuelo en su insistencia en que, si Dios la llamaba al cielo, estaba preparada y ansiosa de ir. Esta esperanza segura fue su manera de enfrentar la muerte.
Ante la posibilidad de morir, Pablo escribió: «Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. […]. Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor; pero quedar en la carne es más necesario por causa de vosotros» (Filipenses 1:21, 23-24). Aunque deseaba legítimamente quedarse y ayudar a otros, lo atraía su hogar celestial con Cristo.
Esta confianza cambia nuestra perspectiva del momento en que pasemos de esta vida a la siguiente. Nuestra esperanza puede consolar enormemente a otros en tiempos de pérdidas. Aunque nos cause tristeza, los que creemos en Cristo no nos entristecemos como «los otros que no tienen esperanza» (1 Tesalonicenses 4:13), porque lo conocemos a Él.


