La mañana comenzó como una competición de atletismo. Prácticamente salté de la cama, lanzándome de lleno a las obligaciones del día. Llevar a los chicos a la escuela. Listo. Ir al trabajo. Listo. Escribí a toda velocidad mi lista de «tareas por cumplir», donde las obligaciones personales y profesionales se juntaban como en una avalancha.
«… 13. Editar artículo. 14. Limpiar la oficina. 15. Planificar la estrategia para el equipo. 16. Escribir en el blog. 17. Limpiar el sótano. 18. Orar».
Cuando llegué al número 18, recordé que necesitaba la ayuda de Dios. Pero no fue hasta poco antes de llegar a ese punto que se me ocurrió que estaba yendo solo, tratando de tomar impulso.
Jesús lo sabía. Sabía que nuestros días chocarían unos contra otros, como un mar de urgencias incesantes. Por eso, instruyó: «buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas» (Mateo 6:33).
Es natural sentir las palabras de Jesús como un mandato. Y lo son. Pero son aún más: una invitación. Él nos invita a cambiar la ansiedad frenética del mundo (vv. 25-32) por una vida de confianza, día tras día. Por su gracia, Dios nos ayuda todos los días; aun cuando llegamos al número 18 de nuestra lista antes de recordar ver la vida desde su perspectiva.


