Cuando mi gato Mickey tuvo una infección en un ojo, le ponía gotas todos los días. En cuanto lo colocaba en la encimera del baño, se sentaba, me miraba con miedo y se preparaba para recibir el chorro de líquido. «Buen chico», murmuraba yo. Aunque no entendía lo que iba a hacerle, nunca saltó, gruñó ni me rasguñó. En cambio, se acurrucaba cerca de mí… la persona que lo sometía a esa situación difícil. Sabía que podía confiar en mí.
Cuando David escribió el Salmo 9, es probable que ya hubiera experimentado mucho el amor y la fidelidad de Dios. Se volvió a Él para que lo protegiera de sus enemigos, y Dios actuó a su favor (vv. 3-6). En su necesidad, Dios no le falló. Como resultado, David llegó a conocer cómo era: poderoso y justo, amoroso y fiel. Por eso, David confiaba en Él. Sabía que era confiable.
He cuidado a mi gato durante varias enfermedades desde la noche que lo encontré en la calle, pequeño y muerto de hambre. Él sabe que puede confiar en mí, aun cuando le hago cosas que no entiende. Del mismo modo, recordar el carácter de Dios y su fidelidad hacia nosotros nos ayuda a confiar en Él cuando no podemos entender lo que hace. Sigamos confiando en el Señor durante los tiempos difíciles de la vida.


