La oftalmóloga ayudó a Andrés, de tres años de edad, a ponerse sus primeras gafas. «Mira al espejo», dijo. Andrés se vio reflejado y miró a su padre con una sonrisa alegre y tierna. Después, el padre secó las lágrimas que caían por las mejillas de su hijo, y preguntó: «¿Qué pasa?». Andrés abrazó el cuello de su padre y dijo: «Te puedo ver». Levantó la cabeza y miró fijo los ojos de su padre: «¡Te puedo ver!».
Cuando estudiamos la Biblia en oración, el Espíritu Santo nos da ojos para ver a Jesús, la «imagen del Dios invisible» (Colosenses 1:15). Sin embargo, aunque nuestra visión se aclara al conocer más las Escrituras, solo podemos ver un atisbo de la inmensidad infinita de Dios desde este lado de la eternidad. Cuando nuestro tiempo en la tierra termine o Jesús cumpla su promesa de venir a buscarnos, lo veremos con claridad (1 Corintios 13:12).
No vamos a necesitar gafas especiales en ese momento gozoso cuanto veamos a Cristo cara a cara y lo conozcamos como Él nos conoce a nosotros, los amados miembros de su cuerpo: la Iglesia. El Espíritu Santo nos infundirá la paz, esperanza y amor que necesitamos para permanecer firmes hasta que veamos a nuestros Salvador amado y digamos: «Te puedo ver, Jesús. ¡Te puedo ver!».


