Cuando era pequeño, el patio de la escuela era donde los acosadores ejercían su mayor poder, y chicos como yo recibíamos esas burlas casi sin protestar. Acobardados por el temor ante nuestros atormentadores, había algo aún peor; sus provocaciones de: «¿Estás asustado? Me tienes miedo, ¿no? Aquí no hay nadie que te proteja».
En realidad, la mayoría de esas veces estaba realmente asustado… y con razón. Como anteriormente me habían pegado, no quería volver a experimentar lo mismo. Entonces, ¿qué podía hacer y en quién podía confiar cuando el miedo me atacaba? Cuando tienes ocho años y te acosa un chico mayor, más grande y más fuerte, el miedo se justifica.
Cuando el salmista fue atacado, respondió con confianza en lugar de miedo porque sabía que no enfrentaba solo esas amenazas. Escribió: «El Señor está conmigo; no temeré lo que me pueda hacer el hombre» (Salmo 118:6). No sé si de niño habría podido entender su nivel de confianza, pero de adulto, tras años de caminar con Cristo, he aprendido que Él es mayor que cualquier amenaza atemorizadora.
Las amenazas que enfrentamos en la vida son reales. Sin embargo, no debemos temer. El Creador del universo está con nosotros y Él es más que suficiente.


