Cuando la Sra. Glenda entró en el área común de la iglesia, su alegría contagiosa inundó el lugar. Acababa de recuperarse de un difícil procedimiento médico. Mientras se acercaba para nuestro habitual saludo después de la reunión, di gracias a Dios por todas las veces que ella había llorado conmigo, me había corregido con delicadeza y dado ánimo. Incluso me había pedido perdón cuando pensó que había herido mis sentimientos. Siempre me invita a hablar con sinceridad sobre mis luchas y me recuerda que tenemos muchas razones para alabar a Dios.
Mamá Glenda, como ella me deja llamarla, me dio un afectuoso abrazo. «Hola, bebé», dijo. Disfrutamos de una breve conversación y oramos juntas. Luego, se fue, tarareando y cantando como siempre, buscando bendecir a otra persona.
En el Salmo 64, David se acercó valientemente a Dios con sus quejas y preocupaciones (v. 1). Expresó su frustración por la maldad que lo rodeaba (vv. 2-6), pero no perdió confianza en el poder de Dios y la confiabilidad de sus promesas (vv. 7-9). Sabía que, un día, «se alegrará el justo en el Señor, y confiará en él; y se gloriarán todos los rectos de corazón» (v. 10).
Mientras esperamos el retorno de Cristo, enfrentaremos dificultades, pero siempre tenemos razones para regocijarnos en cada día que Dios ha hecho.


