Saludé a nuestro grupo de jóvenes mientras repartíamos Biblias con mi esposo. Dije: «Dios usará estos preciosos regalos para transformar sus vidas». Esa tarde, algunos se comprometieron a leer juntos el Evangelio de Juan. Seguimos invitándolos a leer las Escrituras en casa, mientras les enseñábamos durante nuestras reuniones semanales. Más de una década después, vi a una de las alumnas, que dijo: «Todavía uso la Biblia que me regalaron». Su vida llena de fe era evidente.
Dios no solo capacita a su pueblo para la lectura, el estudio y la memorización de versículos bíblicos, sino aún más, para limpiar su camino al guardar su Palabra (Salmo 119:9). Dios quiere que lo busquemos y obedezcamos, mientras Él usa su verdad inmutable para liberarnos del pecado y transformarnos (vv. 10-11). Podemos pedirle cada día que nos ayude a entender lo que dice en la Biblia y conocerlo (vv. 12-13).
Cuando reconocemos el valor incalculable de vivir como Dios desea, podemos regocijarnos en sus enseñanzas más que en las riquezas (vv. 14-15). Y cantar como el salmista: «Me regocijaré en tus estatutos; no me olvidaré de tus palabras» (v. 16).
Con el poder del Espíritu Santo, podemos saborear cada momento que pasamos en oración y leyendo la Biblia: el regalo transformador de vida que Dios nos dio.


