La primavera pasada, antes de que vinieran a oxigenar nuestro césped, una tormenta de viento voló todas las semillas de un arce. Así que, cuando la máquina de oxigenar rompió el suelo compacto, plantó cientos de semillas de arce en el jardín. Tan solo dos semanas después, ¡empezó a crecer un bosque de arces en mi césped!
Mientras examinaba frustrada los arbolitos fuera de lugar, me sorprendió la abundancia prolífica de la nueva vida que había generado un solo árbol. Cada arbolito en miniatura se volvió una imagen para mí de la nueva vida en Cristo que yo —tan solo una persona— puedo compartir con otros. A lo largo de la vida, cada uno tendrá muchas oportunidades para dar «razón de la esperanza que hay en [nosotros]» (1 Pedro 3:15).
Cuando padecemos «por causa de la justicia» con la esperanza de Jesús (v. 14), esto se hace visible a quienes nos rodean y tal vez le produzca curiosidad a alguien que todavía no conoce a Dios personalmente. Si estamos listos cuando nos pregunten, podremos compartir la semilla a través de la cual Dios trae nueva vida. No tenemos que compartirla con todos a la vez, en una especie de tormenta espiritual. Más bien, vamos dejando caer la semilla de la fe, con suavidad y respeto, en el corazón que está listo para recibirla.


