Un grupo de rescate ayudó a dos hombres perdidos en una isla de Micronesia. Fue necesario trabajar en equipo porque una crisis de salud exigía que limitaran el contacto unos con otros. Un piloto que los detectó se comunicó con un barco de la marina australiana. El barco envió dos helicópteros que les llevaron comida, agua y ayuda médica. Luego, los guardacostas estadounidenses llegaron para evaluar cómo estaban y emitieron un comunicado. Por último, un bote patrulla micronesio los llevó a su destino.
Podemos lograr mucho cuando trabajamos juntos. Los creyentes de Filipos unieron sus esfuerzos para ayudar al apóstol Pablo. Lidia y su familia lo recibieron en su casa (Hechos 16:13-15). Clemente, e incluso Evodia y Síntique (que no se llevaban bien) trabajaron con él para difundir el evangelio (Filipenses 4:2-3). Luego, cuando Pablo fue encarcelado en Roma, la iglesia le envió suministros por medio de Epafrodito (vv. 14-18). Y quizá lo más importante, oraron por él durante su ministerio (1:19).
El ejemplo de servicio conjunto de aquellos creyentes puede inspirarnos hoy. Cooperar con otros creyentes, orando y sirviendo con la guía y el poder de Dios, logra mucho más que si lo hiciéramos solos. Se ha dicho: «Individualmente, somos una gota. Juntos, somos un océano».


