Jaime no dejó que la agitación social, el peligro y la incomodidad le impidieran viajar a uno de los países más pobres del mundo, para alentar a misioneros. La sucesión constante de mensajes de texto revelaba los desafíos que enfrentaba: «Muchachos, activen la cadena de oración. Solo avanzamos 15 kilómetros en dos horas… el auto se sobrecalienta». Los inconvenientes hicieron que llegara justo antes de la medianoche para predicar a quienes habían esperado cinco horas. Luego, recibimos un mensaje con un tono diferente: «Asombroso; unas doce personas pasaron al frente para orar. ¡Fue una noche poderosa!».
Servir fervientemente a Dios puede ser desafiante. Los modelos de la fe enumerados en Hebreos 11 coincidirían. Impulsados por su fe en Dios, estas personas comunes y corrientes enfrentaron circunstancias inimaginables: «vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles» (v. 36). Su fe las llevó a arriesgarse y dejar el resultado en manos de Dios. Lo mismo sucede con nosotros. Practicar nuestra fe tal vez no nos lleve a lugares lejanos y riesgosos sino a la casa de enfrente, al otro lado del campus universitario o a un asiento vacío en un lugar para almorzar. ¿Riesgoso? Probablemente. Pero las recompensas, ahora o después, harán que valga la pena.


