«¡La tienda está cansada!». Esas fueron las palabras de mi amigo Paul, que pastorea una iglesia en Nairobi, Kenia. Desde 2015, la congregación ha adorado en una estructura similar a una tienda. Ahora, Paul escribe: «Nuestra tienda está gastada y gotea cuando llueve».
Las palabras de mi amigo sobre la debilidad estructural de su tienda nos recuerdan a las del apóstol Pablo respecto a nuestra fragilidad humana: «por fuera nos vamos desgastando […]. Los que estamos en esta tienda, que es nuestro cuerpo, gemimos con angustia» (2 Corintios 4:16; 5:4 RVC).
A medida que envejecemos, nos volvemos más sensibles a nuestra fragilidad. La vitalidad de la juventud se rinde a regañadientes a la realidad de la vejez (ver Eclesiastés 12:1-7). Nuestros cuerpos —nuestras tiendas— se cansan.
Sin embargo, las tiendas cansadas no tienen por qué significar una confianza cansada. «Por tanto, no desmayamos», afirma el apóstol Pablo (2 Corintios 4:16). Aquel que hizo nuestro cuerpo se instaló a vivir allí mediante su Espíritu. Y cuando este cuerpo ya no nos sirva, recibiremos un hogar que no estará sujeto a quebrantos y dolores; tendremos «de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos» (5:1).


