Después de la muerte repentina de su sobrino, Angela y sus dos hermanas se reunieron alrededor de la mesa de la cocina durante tres días, y solo se levantaron para comprar una urna, algo de comida y asistir al funeral. Mientras lloraban por su muerte, también se regocijaban por las fotos de la ecografía de una nueva vida que crecía dentro de la hermana menor.
Con el tiempo, Angela encontró consuelo y esperanza en el libro de Esdras, en el Antiguo Testamento. Allí se describe cómo el pueblo de Dios regresó a Jerusalén después de que los babilonios destruyeran el templo y los deportaran (ver Esdras 1). Mientras Esdras observaba la reconstrucción del templo, escuchaba alabanzas gozosas a Dios (3:10-11). Pero también oía el llanto de aquellos que recordaban la vida antes del exilio (v. 12).
Un versículo consoló especialmente a Angela: «Y no podía distinguir el pueblo el clamor de los gritos de alegría, de la voz del lloro; porque clamaba el pueblo con gran júbilo, y se oía el ruido hasta de lejos» (v. 13). Se dio cuenta de que, aun mientras estaba agobiada de una profunda tristeza, el gozo podía aparecer.
Podemos expresar nuestros lamentos de dolor y, a la vez, tener momentos de regocijo en Dios, sabiendo que Él nos oye y nos abraza.


